El sonido de la voz arde a pesar del desierto

En la poética de Durango no hay juegos de significados, ni de significantes, se dice lo que se dice. En clave de corrido si se quiere, pero sin otras aspiraciones que crear poesía a base de experiencia. Sin artificios, sin artilugios, sin perder de vista la emoción. Su registro es amplio. Del amoroso, al ritual, del desierto al mar, de lo existencial norteño al swing noir. En “Es la tarde que no existe” se nos muestra como un cochino viejo indecente al declarar Eras una niña / y yo te amaba. La rudeza de estas palabras es acompañada por un lirismo que uno no sospecha, el poema da un giro tierno y nos reconcilia con el autor. No sé ni por qué te recuerdo / quizá porque la tarde es fresca / y pasó una niña corriendo al mandado / gritando un nombre, / y luego pasó el panadero y el carrito de la nieve / y el abuelo tosió en el otro cuarto…
“Siluetas” es de los mejores textos de todo el conjunto. Es una crónica new-wave de la gente y los acontecimientos que sufrió el poeta en una época. Solía detenerme en los caminos de mi pueblo // Acariciar el celo reseco de un perro vagabundo / herido de una pata y herido del alma / como el Capullo que nunca regresó a la pandilla del barrio // Jesusita engordó su panza como pelota / mi compadre la amaba todas las tardes // –el miedo a la oscuridad y el brandy Presidente me hizo vomitar cerca de la panga– // Yo me fui en la tradición de un sixpack de Tecate, / en el cigarro que fumábamos todas las tardes / a la orilla del Arroyo Seco / esperando ver pasar a las morritas en chor .
Vocero de la oralidad, Jeff posee la virtud non santa de brincar sin esfuerzo y con naturalidad de los asuntos cotidianos a los formales a los humorísticos. En “Alma”, recobra el sentido gravemente enfermo de desamor y sin aviso suelta la sentencia Descuartízame por favor. En “Tu pestaña y mis sueños” dice Me espera tu estomago / dulce como cajeta de Celaya. Más adelante surfea en los meandros de su propio patetismo: Te conocí en Ciudad Constitución / mientras escuchábamos Hotel California / el calor y la Baja eran lo mismo / luego tomaste mi yo menos en serio / que la soda que bebiste apurada. Son pocos los momentos, como el anterior en los que Jeff se convierte en el protagonista de sus poemas. Sus textos tratan sobre la gente. Sobre lo que la gente le ha dejado.
Por la condición sonorense de Durango uno pensaría que es un poeta bronco. Claro que lo es. Pero también, como se señaló, esgrime el lirismo que emplean los auténticos poetas. Su obra no está casada con ninguna biografía, por lo que el bato se siente capacitado para darle un llegecito al pop en “Elizabeth Bishop fuma en la cantina de mi barrio”, al que le pone un toque de espanglish. Hace de todo, Jeff, cita a Norman Mailer, con su sarcasmo nos recuerda a Charly García. Sin embargo su poesía nos es tan cercana, tan propia porque sus aspiraciones son legitimas, no alardea de culteranismos, ni de intelectualidad, sólo habla de su mundo personal, de lo que conoce bien, de las cosas en las que encuentra el sentido para seguir viviendo.
No podía faltar el javiersolisismo, títula a uno de sus poemas “Sombras nada más” en homenaje a Javier Solís. Estampa tan bien cosida y chistosa sobre las dificultades entre el poeta, que como boxeador hace sombra pero con la vida: Siempre sospeche de mi sombra / por eso la destruía aventándole baldes de agua // Siempre sospeche de mi sombra, / yo, que me creía rey. En “Poeta de cantina” recuerda a los amigos para evidenciarnos una vez más lo absurdo de la existencia, absurdo que se empeña en demostrar una sola cosa, no importa lo que venga después, son los pequeños momentos los que abastecen la memoria: Me considero no un mal bailarín / sino un bailarín del mal, dijo mi amigo el poeta. Luego se fue al bar / abrazó a su Monalisa de hule y dijo / toda mi vida crecí con el temor / de ver mi nombre en la marquesina de la esquina.
Repito, buenas tardes hay muchas en el libro. El sonido de la voz arde a pesar del desierto. El poeta sigue escribiendo a pesar de los 50 grados centígrados que alcanza Hermosillo, Sonora en verano. Por eso siempre se verá al poeta con una cerveza en la mano, no por borracho, es para mitigar la lumbre que castiga desde arriba y desde abajo. Es de admirarse que con tanta calor Jeff encuentre ánimo para darle a la palabreada. Pero como a la cenicienta no le queda de otra, que esperar la noche del baile. La noche, el ratito en que el poema se abraza a la página. Se aferra a calzarse la zapatilla que es dos número más pequeños que su talla. Al fin que como dice Durango en “Flor de Capomo”: un six de Tecate es naturaleza muerta. Bebamos del libro pues.
Jeff Durango
Líquido Infierno
Oasis Ediciones, 2006